Son las 5 de la mañana del domingo 27 de septiembre. Las calles de Amatitlán, municipio que me vió nacer y aún me ata a mis raíces, se encuentra apenas somnoliento, luego de una semana de trabajo a medio vapor, gracias a las medidas in-sanitarias impuestas por el Gobierno a causa de la pandemia de Covid-19. Sólo me acompañan la soledad, un poco de frío y navegando el manillar de mi bicicleta me dirijo a uno de los lugares favoritos de mi niñez, donde todo era bueno. Me tardo a paso relajado más o menos 10 minutos en llegar la playa Pública del Lago, vía la antigua Carretera Interamericana, hoy 3a Avenida. Baches en la carretera, perros callejeros procurando el pan o cualquier desperdicio, ahora más escasos debido a la falta de personas que los desechen.


El comedor La Camelia, La Dalia Azul, y la Ninfa, otrora llenas de mujeres llamando a los comensales a degustar mojarras fritas y cervezas bien frías, lucen cual escenas del crimen, circuladas por cintas amarillas, como si el hecho de hacer negocios y ofrecer servicios fuera un delito capital. Las ventas de los típicos mazapanes, chancacas y pepitas, así como los juguetes de madera emulando una camioneta Consentida o una guitarra Fender miniatura variopinta de pino de 3a, también han debido esconderse del Virus. No, no del Virus, ha sido el Gobierno Central en complicidad con las autoridades municipales quienes han puesto pies en polvorosa a buena parte del trabajo de estos artesanos.


Más perros y una que otra rata, compitiendo por las sobras. Si que amaneció nublado. Llego a la playa pública y los sonidos naturales de este entorno me remontan 30 años en el pasado. Sinsontles, Zanates, pájaros que solo identifico por sus colores y uno que otro gallo, se preparan para darle la bienvenida al Sol. Me recuesto en el frío y húmedo muelle de madera y algunas voces rompen el silencio de mis meditaciones. Un par de pescadores. Pero no son los pescadores normales que vemos en la películas, ataviados con sus uniformes amarillos y botas de hule, capitaneando a un Andrea Gail. En este caso es la Ninfa, La Josefa o la Martina, lanchas artesanales que rodean la inmersión de los pescadores. Uno de ellos en medio de la neblina y las sombras se adentra en el agua. Y no es agua cristalina y pura como los grandes lagos de Michigan o prístinas como las de Croacia. No, es un agua contaminada, llena de desperdicios humanos, metales, colorantes y aceites, que le dan una apariencia verdosa y maloliente, la cual ya no logro percibir gracias a las lesiones que dejó en mi olfato y gusto el paso del Covid-19. 


Con una careta de buzo, que seguramente compró a un buen precio en una paca, el osado pescador se sumerge para tratar de atrapar guapotes, ciricas o en su defecto más de algún pupo de buen tamaño. Olvídese que va a poder atrapar una mojarra, tan famosas en este pedazo de cielo, pero que comúnmente son cultivadas en estanques privados o traídas desde el Puerto de San José. Pasa buceando por debajo del muelle donde estoy esperando el amanecer, y me sorprende su jadeo por las sumersiones, una tras otra, intentando encontrar el escondite de lo que pudiese encontrar. -Qué duro.- me digo para mis adentros y un impulso me hace querer hacerle muchas preguntas, principalmente de política, de hablarle de que hay un mejor futuro para él y su familia. Pero me detengo, seguro robarle minutos a su trabajo hará que la poca pesca del día se reduzca sustancialmente. 


Pero luego de conocer a fondo el Liberalismo Clásico, las 5 Reformas, La Gran Devolución y los pilares de nuestro proyecto, me es inevitable pasar todas las cosas por el lente del Capitalismo. Hace 35 años, Singapur y su entorno de islas era muy parecido a la realidad de nuestro desconocido pescador. Hoy la alta tecnología, sobre todo en el sector electrónico, informático y de telecomunicaciones además de los servicios financieros, de banca y seguros permiten que la economía de Singapur sea bastante próspera: bueno, bastante significa algo así como US$48,000 per cápita. 


El pescador se aleja sin suerte del lugar donde me encuentro a otros escondrijos de peces unos 50 metros más por la orilla. Pueda que con poca suerte para poder juntar un poco de dinero al venderlo a no menos compradores que deseen degustar un pescado "fresco" directo del lago. 


Pero este pescador podría tener mejor suerte si nuestro país fuera un país potencia mundial, como Singapur. Talvez su actual trabajo sería un hobby de fines de semana con su familia en algún otro lugar de Guatemala o el mundo. Pero las condiciones de trabajo escasas, los sueldos de miseria que se ve obligado a pagar el sector privado, no permiten a este valiente pescador darle una mejor oportunidad de vida a él mismo y a su familia. Los altos y múltiples impuestos desalientan la inversión nacional y extranjera y junto a eso, leyes malas de trabajo no permiten que los salarios pujen hacia arriba, pues nuestra exportación es tan raquítica como las patas de una garza que acaba de surcar el cielo que ya está casi iluminado. Las pocas luces que se ven en el horizonte, por la parte de Villa Canales también son raquíticas, cuando bien pudiera estar iluminada por hoteles y casas de verano de primer mundo. 


El sol sale para todos, al igual que el capitalismo, pero en definitiva, si no cambiamos el sistema mercantilista que tenemos actualmente por uno de capitalismo para todos, el desconocido pescador, el albañil, la vendedora de frutas, el heladero, el carpintero, el vendedor de seguros, el médico y el pastor evangélico seguirán cual los perros y las ratas que me encontré en el camino, buscando los desechos que pudieran mantenerlo con vida y no dejarlo morir de hambre. Así nos encontramos casi todos, a merced de lo que se pueda encontrar y no a la suerte de lo que podamos, de manera libre y sin trabas, producir  e intercambiar bajo un sistema de gobierno limitado. 


Hoy más que nunca es necesario, que usted, quien lee estas líneas, ya sea que las vea como poéticas o depresivas, se involucre en un verdadero cambio de sistema, se aleje de la opinionitis y de la aversión a la política. Se arme de verdadero valor y se revista con disciplina para aprender política de la buena y apoyar a quienes estamos dispuestos a dar la batalla en el Congreso, para hacer que este país, lleno de recursos económicos de origen natural, con gente creativa, trabajadora, servicial y honrada, un país de la eterna riqueza y bienestar. Ya no nos conformemos con solo ver salir el sol y regresar a casa a seguir nadando en nuestro propio pantano. Es tiempo de actuar, es tiempo de hacer, es tiempo de trabajar. Tiempo de cambiar. 


Le dejo aquí el manual para hacerlo en www.familia.gt  


Crédito de la Fotografía, Marco Lucero