Había una vez un gran Elefante Blanco, ya entrado en años y con muchas cicatrices de feroces batallas. Este elefante otrora fuerte y grande aún conservaba alguna altivez a pesar del paso del tiempo. Seguro de su imponencia se decidió a dirigir, él solo, a un gran grupo de otros elefantes, algunos jóvenes, otros viejos, pero la mayoría de ellos incautos e inexpertos. Sus fuertes pisadas en el suelo y su barritar ensordecedor hizo que los demás elefantes creyeran que podía dirigirlos y conseguirles los mejores lugares en las sabanas. Y lo eligieron su líder, su guía y brújula para conseguir las grandes cantidades de agua y alimento que necesitaban. 


Pero el gran Elefante Blanco, hinchado de orgullo y soberbia era lento a la escucha de los demás elefantes y menos de las señales de peligro en los caminos. Su grandeza no le permitía ver los inminentes errores que se aproximaban y siguió dirigiendo a la manada como si se tratara de rinocerontes, como si todo a su paso debía derrumbarse para dejarles el paso libre. 


Y estuvo bien durante algunos años, en los cuales su aún afinado olfato y agudo instinto, le permitió alguna comodidad y abundancia para la manada, quienes no pasaron hambre ni sed y vieron, con mucha alegría, que los pastizales proveían lo diario y un poco más. Suficiente para creer que el Elefante Blanco podría mantenerlos a salvo de muchos peligros, especialmente de una manada de burros que sigilosamente lograba quitarles alguna tajada de territorio de vez en cuando. 


Y no prestó atención a los burros, ni a los antílopes, total decía: “sólo son burros y algunas pequeñas y viejas cabras” que recogen las sobras que dejamos a nuestro paso. Pero los burros eran todo menos burros, y aunque poco inteligentes y muy agresivos, veían la arrogancia del Elefante Blanco y preparaban sin ningún tipo de pudor un plan para hacerse de las llanuras. 


Y a pesar de los consejos de los demás elefantes, esos que percibían en el aire el aroma cercano de los burros, antílopes y buitres, el Elefante Blanco se creyó invencible a la par de tan pequeños y débiles bestias y desoyó completamente los consejos de sus semejantes, incluso cuando le recordaban las enseñanzas de los Primeros Elefantes que fundaron la manada. 


Y fue así que los burros comenzaron a adelantarse a los pastizales, y ensuciaron la poca agua que quedaba en los riachuelos. Una larga e inesperada sequía terminó por dejar sin fuerza a la manada y al momento de llegar al borde de la sabana y enfrentarse a un desierto árido, la mayoría de ellos estaban tan cansados que no pudieron continuar más. Y a pesar de que el Elefante Blanco pisaba con más fuerza el césped y barritaba desenfrenadamente a diestra y siniestra, no pudo evitar el colapso y desbandada del grupo, y vociferaba culpando de sus males a sus enemigos, quienes ahora fuertes y llenos de vigor se regocijaban de la derrota de toda la manada e invitaban también a las hienas y a las cebras a deleitarse con el territorio conquistado. 


El Elefante Blanco, solo y derrotado no encontró otro remedio que dirigirse al cementerio de sus ancestros para esperar el final de sus días, no sin dejar de ver por sobre su hombro, la consecuencia de no escuchar a sus pares y de no seguir los preceptos de sus ancestros. Y vio entonces como los elefantes habían quedado huérfanos.