I


Hace varios años, y ante la arrolladora arremetida de las izquierdas en la primera década de este siglo, deshaciendo muchos de los pocos avances logrados en la última del anterior, y reforzada con el marxismo cultural ahora, algunos liberales clásicos hicimos una profunda autocrítica de lo que hacemos mal. En vez de sólo arrojar las culpas a lo perverso de las izquierdas (aunque lo son), y a la ignorancia de la gente, que “no sabe economía” (aunque así es: no sabe).

Apuntamos a nuestra incapacidad para conectar con la gente corriente, del único modo que sirve: con una oferta programática, política, y electoral, asequible y atractiva, superando los malentendidos y equívocos reinantes. Descubrimos y denunciamos a la “derecha mala”, la única que aparece en escena: sin programa seductor, sin partidos consistentes, y sin candidatos para hacer las reformas de fondo. Y sin principios; tal vez lo peor. Dijimos: “La derecha no es diestra”, jugando con las palabras, al modo de la célebre consigna de Thatcher: “Labor doesn’t work”: el laborismo (trabajismo) no trabaja, no funciona.

En el diagnóstico, apuntamos al “divorcio trágico” entre unos “tanques de pensamiento” inmersos en la pura teoría y labor académica, políticamente estériles, e incapaces de lograr cambios beneficiosos, y unos partidos supuestos liberales o centristas, haciendo demasiadas concesiones a la izquierda, siendo por eso también inefectivos. Y a otro divorcio lamentable: el que separa a los liberales y libertarios, de las gentes de talante conservador.

Encontramos el remedio: la reunión de teoría y práctica en un programa de acción política que titulamos “La Gran Devolución” a través de las Cinco Reformas. Es la operacionalización del “Fusionismo”: la reunión de las dos “alas” o universos paralelos en la derecha: (i) el conservador en lo política, de gobierno limitado y moral pública, y (ii) el liberal y pro competencia abierta en los mercados de la economía y también otros como educación, atención médica y jubilaciones. Conservatismo de mercado libre.

El asunto es que chocamos con demasiadas barreras cognitivas y emocionales en la opinión pública, que forman escudos protectores a las ideas equivocadas, que por eso, y por nuestra inacción, persisten en las leyes malas e instituciones derivadas. Este breve ensayo trata de esas barreras que nos impiden ganar apoyos, recursos, y avanzar, para siquiera contener la arremetida.

El psicólogo español Ramón Nogueras ha escrito un libro titulado “Por qué creemos en mierdas: cómo nos engañamos a nosotros mismos”. Alude mucho a las pseudociencias, como es el marxismo según Popper. Su tesis: como tendencia general, creemos sólo lo que queremos creer, y nos negamos neciamente a mirar, leer o escuchar aquello que contradice o amenaza nuestras creencias fijas.

Se pregunta: “¿cómo es posible que creamos firmemente en bulos y supersticiones? ¿Por qué damos por buenas y difundimos historias y noticias que nunca han ocurrido? ¿Qué explica que, pese a las evidencias, no estemos dispuestos a cambiar de opinión o a modificarla siquiera?” Y trae una lista de creencias como reptilianos o la tierra plana. Es la peor forma de engaño: el autoengaño.

Hay dos enunciados, de tipo científico, relacionados con las fuertes convicciones en creencias falsas:
a) “La pasión que se pone en una discusión es inversamente proporcional a la cantidad de información real y verdadera disponible por el sujeto”. Lo dijo Aristóteles; y hoy le llaman “la ley de la controversia de Benford”, aplicable a las discusiones, en especial mediante Internet. Gregory Benford es astrofísico, ambientalista (alarmista) y escritor de ciencia ficción. Su ley tiene mucho que ver con …

b) El efecto Dunning-Kruger: “los individuos con escasa información, habilidad o conocimientos, tienen un ilusorio sentimiento de superioridad, creyéndose más informados e inteligentes que otras personas más preparadas, sobrevaluando su capacidad por encima de lo real”. Un exceso de autoestima, que genera un exceso de confianza en las propias opiniones, aunque sean equivocadas.

En estos tiempos, en los buenos estudios de opinión, se nota una enorme masa de gente agobiada por las problemas y dificultades causadas por el estatismo, pero que ignoran por completo el origen real de sus padecimientos, y acostumbran a encontrar culpables en otra parte, prestando así un apoyo inconsciente a minorías ruidosas, que defienden ideas erradas y dañinas, con una confianza, empeño, vocería y activismo dignos de mejor causa.

En otros tiempos, de gobierno limitado, seguridad y prosperidad, la política estaba reservada a los profesionales. La gente corriente, en su mayor parte estaba ocupada en sus quehaceres personales, lejos de la política, y no se arriesgaba a interesarse en el tema, y sobre todo a mantener tantas opiniones tan fuertes. El desinterés y la apatía del grueso de la gente era normal, saludable y estabilizador de buenas leyes e instituciones de gobierno limitado, y por consiguiente de capitalismo. En cambio, hoy día, bajo el régimen fuertemente estatista y socialista actual, lo apático de la gran mayoría resulta altamente disfuncional para nosotros, y funcional para el statu quo y la izquierda. Y la tendencia es a empeorar.

Estas lecturas y observaciones me inspiran una lista, no completa o exhaustiva, de las principales “basuras” o barreras cognitivas y emocionales que se levantan contra nuestros mensajes y propuestas, esgrimidas por personas muy desinformadas y equivocadas, que con fiereza defiende sus opiniones con tremendo apasionamiento, inversamente proporcional a la verdadera información que manejan.



II


(1) La derecha mala. La supuesta “derecha” boba que anhela ser amada por la izquierda, se niega y resiste de modo obcecado y suicida a las reformas de fondo, frecuentemente corrupta, y aliada casi siempre a la izquierda blanda. Les da pretextos a las izquierdas, y nos hace mala imagen a la derecha. Pero tiene demasiados seguidores.

(2) La politiquería. Aturde el ensordecedor ruido de las denuncias, alegaciones y contradenuncias de corrupción, de fraude, de lo que sea, contra “los políticos”. Muchos creen que la gritería contra Fulano contra Mengano (siempre personalista el caudillismo) es “la política”; tarde o temprano se aburren y se hartan. Se desentienden, se cierran. La politiquería genera la “apatía política” que nos embarra la cancha, y mucho.

(3) Las ideas estatistas: la gran barrera. ¿Cuánta gente tiene ideas estatistas de izquierda, y ni sabe que lo son, y se resiste a cambiarlas y no quiere ni hablar del asunto? Montones. Con conceptos y nociones marxistas (pero no lo saben), sea del marxismo clásico o del marxismo cultural.

a) Marxismo clásico: los 10 puntos del Manifiesto Comunista de 1848, encarnadas en nuestras constituciones, leyes e instituciones, en economía y educación.
b) Marxismo cultural: cuatro variantes: (i) feminismo radical y Agenda LGBTI; (ii) Econazismo o alarmismo ambiental; (iii) Indigenismo o racismo antiblanco; (iv) Posmodernismo, en especial relativismo.

(4) Más ideas estatistas, pero de derecha, en economía (mercantilismo) o educación (estatismo educativo de signo religioso) etc. …y sus apoyadores ni siquiera sabe que lo son, y se resisten tenazmente a cambiarlas, sin querer ni hablar del asunto. Les parecen innegociables.
a) Los estatistas son anti-ideológicos mayormente. Dicen “¡No me hables de ideología! ¡No vengas con teorías!” Mentalidades anticonceptuales o “atadas a lo concreto”, decía Ayn Rand. No escuchan.
b) El “buenismo” actual es un refuerza muy bravo: “los sentimientos valen más que los pensamientos”.
c) Más refuerzos: las actuales tiranías gemelas de “¡Menos palabras; eso es muy largo!” y la vuelta a las cavernas primitivas de la pictografía: “¡No lo digas con palabras; tienes que decirlo con imágenes!”

(5) La histeria anticorrupción. Demasiada gente cree que “el problema es la corrupción; y la impunidad para los corruptos”. Aquí hay socialismo por partida doble: (i) creer que el sistema no es el problema, que el Welfare State está OK, y el defecto es “la corrupción”; (ii) odio a los ricos, pero no sólo a los ricos empresarios sino también a los políticos ricos, y experimentando felicidad cuando los primeros van a pagar más impuestos, y los segundos “a la cárcel”. (En alemán dicen “schadenfreude”).

(6) Lawfare: guerra jurídica, o linchamiento mediático y judicial del rival político, por la vía de los tribunales, y empleo de argucias, alegatos y pruebas muy dudosas o discutibles. Fue otro instrumento de control de las izquierdas contra los “neoliberales” en los ’90, pero después se les salió de control y se les viró en contra. Genera y se acompaña de odio, de un alto nivel de “crispación”, impedimento para exponer, argumentar y debatir razonada y más fríamente sobre políticas públicas.

(7) Hostilidad a la política, los partidos e incluso la democracia. El lawfare es hijo de la histeria anticorrupción, que además tiene otras sus tres hijas malcriadas: (i) antipolítica; (ii) partidofobia; (iii) aversión a la democracia. Muchedumbres con estos prejuicios metidos en sus cabezas muy a fondo, a los que se aferran caprichosamente. Hasta algunos a quienes se supone “de derecha”, e incluso otros quienes se dicen “libertarios”. Toneladas.
a) Todo lo cual nos impide hablar siquiera de derecha e izquierda, enseñar a distinguirlas, porque los ciegos y sordos son negacionistas: “Ni derecha ni izquierda; eso ya es historia, ¡y no quiero escuchar!”
b) Están otros “negacionistas”. Por ejemplo, del “Neoliberalismo”: te dicen “eso no existe”. O del marxismo cultural; “no existe”. O no existe el marxismo clásico, porque para otros, ahora todo el marxismo es “nuevo” y es cultural. O sea: lo que no entiendan y no se saben explicar, no existe. Hay también los que indiscriminadamente llaman “populismo” a todo lo que les disgusta y no entienden bien.

(8) La “Gran Guerra Mundial” en el campo de la derecha. El “fusionismo reúne las dos “alas”, liberal y conservadora, es la solución. Pero hoy es casi imposible porque están tan alejadas una de otra que ni siquiera se conocen mutuamente:

a) Los de las ideas liberales o “libertarias” y promercados libres son anticonservadores; casi todos marxistas culturales, en alguna de sus cuatro variantes, sobre todo la primera, a favor del aborto, y en ocasiones la segunda, con el tema del “cambio climático”.
b) Los de las ideas conservadoras son antiliberales; “pro vida y pro familia” pero casi todos marxistas clásicos, o fuertemente estatistas en economía o en educación.
c) Salvo contadas y honrosas excepciones, conforman dos universos separados, a gran distancia, e incomunicados. En las pocas ocasiones de contacto siempre saltan chispas, explosiones y fuegos. El universo liberal-libertario está mayormente en una especie de guerra mundial feroz con el universo conservador, mayormente cristiano, trabado en lucha encarnizada.

(9) Anarquismo y neo-nazismo, en buena parte, frutos de la “crispación” …
Convencidos de ser campeones de la rebeldía y la oposición al sistema, los “libertarios” se vuelven anarquistas agresivos, en número creciente. Y con frecuencia ateos, de los que adoptan el marxismo cultural más belicoso. Por su lado, creyéndose campeones de la rebeldía y la oposición al sistema, muchos “conservadores” se vuelven neo nazis, en número creciente. Con alto grado de esnobismo, en ambos casos.

(10) Las guerras civiles fratricidas. Para colmo de males:
a) Los del universo liberal o “libertario”, en su mayoría están encerrados en las cuatro paredes de sus “templos académicos” (tanques de pensamiento), en un estado de furiosa guerra civil permanente entre ellos, sus diversas “escuelas”. La mayor “gran guerra santa” es de los anarquistas (“anarco-capitalistas”) contra los liberales clásicos. Este conflicto se agrega a la guerra de los marxistas culturales pro-mercado contra los liberales conservadores.
b) Los del universo conservador, cristianos en su mayor parte, están encerrados en las cuatro paredes de sus iglesias, templos sagrados teológicos, credales o denominacionales; y en estado de guerra. La “gran guerra santa” es entre católicos y no católicos (romanos). Y las otras guerras menores que libran entre sí los no católicos, protestantes “reformados” y/o evangélicos, todo el tiempo disputando y peleando a cara de perro y fierro pelado; “odium theologicum” se llamaba cuando las guerras de religión.
Para colmo, en el bando católico prevalece la “Doctrina Social de la Iglesia”, que es tercerista: “Comunismo no; capitalismo tampoco”. Y ya no les puedes hablar. En el campo evangélico domina el “dispensacionalismo” pentecostal y pietista, del que deviene la creencia en el “Rapto”, escapista y derrotista. Y el sionismo extremo.
c) En mayor o menor grado, y con diversos pretextos ideológicos, en ciertos puntos están muy de acuerdo estos liberales y conservadores, lamentablemente: en “separar la política de la religión”; y son casi todos (i) antipolíticos; (ii) partidofóbicos; (iii) enemigos declarados de la democracia.

(11) Los “ciudadanistas” y el “mal menor”: más barro en la cancha.
a) Rechazan la política, los partidos y la democracia. ¿En qué creen? Creen en las redes sociales y en las marchas “autoconvocadas”, en a favor en contra de sus causas de punto único (single-issue): contra el aborto (o a favor); contra tal o cual corrupto; o contra el presidente de turno. “Son acciones ciudadanas, no políticas … somos apolíticos; ¡y no tenemos ni queremos relaciones con ningún partido político!” Para ellos, Facebook y Twitter reemplazan a los partidos políticos.
b) En flagrante contradicción con el punto anterior (andan por la vida llenos de contradicciones), sobre todo cuando llegan las elecciones, casi todos creen fervientemente en el “mal menor”, calurosa devoción en ese tipo de gente que Gary North llama “porristas”. Rechazan enojados el abstencionismo, y se embanderan ciegamente con cualquier candidato u opción que les luce ¡“el mal menor”! Y se ponen maniqueístas: “Si no estás con X estás contra … ¡el bien!
Toda esta temática, volcada a diario en medios convencionales y redes sociales, impide lo que es esencial en política: exponer, argumentar y debatir razonada y no tan acaloradamente acerca de políticas públicas.


III


Hoy casi no se puede hablar de privatización, desregulación, o apertura de mercados. ¿Cómo descartar entonces las malas políticas y apoyar e impulsar las buenas, con razones y argumentos, fácticos, teóricos, o más a menudo, combinando unos con otros?
Distinguir las buenas políticas de las malas (y de las regulares, sobre todo), requiere investigación concienzuda, y cierta atención en la audiencia, que es la opinión pública. Los hechos, y los nombres que los designan, por ejemplo globalización, neoliberalismo, monopolio, laicismo, ameritan ser estudiados antes de calificarse. Los aspectos buenos y malos deben ser cuidadosamente separados para juzgar. Lo que no hace la gente de izquierda; pero tampoco mucha gente que es o podría ser de derecha, actual o potencialmente.

Este clima enrarecido y crispado, impide cuestionar las malas políticas del marxismo clásico, instaladas en el siglo pasado, cuando sus jenízaros tomaron posesión de los puestos de poder en las instituciones, en los medios de comunicación y las organizaciones que dominaron y siguen dominando. Desde esas ventajosas posiciones, hoy las izquierdas del siglo XXI nos encajan las políticas del marxismo cultural, sin renunciar al marxismo clásico, en forma abusiva y a la fuerza. Y en la derecha no hay contrapeso efectivo, siquiera para hacer algo de equilibrio.

En Europa, Asia y África, sectores cristianos de todas las denominaciones han sido y son claves en los procesos de “doble transición” desde las tiranías socialistas: hacia el libre mercado, y hacia la democracia representativa. Pero en América latina eso no sucede: son de izquierda, o son antipolíticos. Y caprichosos: no atenden razones bíblicas, doctrinales ni históricas.

Las izquierdas ganan la partida, además, porque siempre toman la iniciativa; y las “derechas” se limitan a reaccionar. A atajar los pelotazos y nada más, lo cual muchas veces ni siquiera logran; y en el mejor de los casos, cuando lo hacen, la victoria es pasajera, porque al día siguiente las izquierdas vuelven a la carga. Son tenaces, además de muy creativas e imaginativas para inventar constantemente nuevos ataques. Por ejemplo, en Chile, si ganara el rechazo a la nueva Constitución. ¿Las izquierdas se darían por vencidas? ¡No! Al día siguiente saldrían con alguna otra maldad.

Otra carta de triunfo para las izquierdas es que para sus destructoras iniciativas cuentan con el apoyo de todas sus “tribus”, sin excepciones. Podrán tener guerras teóricas entre sí, pero siempre se unen detrás de los que adelantan alguna nueva fechoría. “Interseccionalidad” es su línea estratégica equivalente al fusionismo, que practican con éxito desde hace tres décadas; el término fue acuñado por una abogada afro-feminista y militante ambiental, Kimberlé Crenshaw, en 1989.
No hay antipolítica en la izquierda. Ni partidofobia. Sus partidos y sus líderes son hábiles, astutos. Y como los submarinos en la guerra naval, navegan ocultos bajo el agua, y emergen solamente para las elecciones. En la superficie andan todo el tiempo con sus ONGs y sus “movimientos sociales”, todos supuestamente “independientes”, que equivalen a las fragatas, acorazados y patrulleros.

Pocos sedicentes anarquistas tienen en sus filas; pero son disciplinados. Y no desprecian la democracia, al contrario, se valen de ella para sus propios y aviesos fines. Tampoco tienen guerras religiosas: sus curas y sus pastores no pelean entre ellos, nunca; sólo contra nosotros. Bernie Sanders es de ascendencia judía y su esposa profesa ser católica. Cero problemas; seguro que ambos son ateos, pero de closet, no como “nuestros” vociferantes ateos.
Y a todo esto, la gente que no es de izquierda, no atiende mensajes, propuestas ni razones. Ciega y sorda. Pero no muda, lamentablemente. Se pasa hablando basura, como diría, con otra palabra, Ramón Nogueras.

Pero por fin, concluyendo: ¿en consecuencia no hay razones para ser optimistas?
Sí las hay, pese a todo. Pero debe ser un optimismo realista, como lo fue desde un principio, cuando comenzamos con la autocrítica descarnada y sin fantasías ni espejismos.

Optimismo, porque hay solución, y nosotros la tenemos: el Proyecto “La Gran Devolución” a través de las Cinco Reformas. Que es el “fusionismo” operacionalizado.
Las tribus de izquierdas no hablan mucho de la “interseccionalidad”, pero la practican, día tras día, y con mucho éxito. El marxismo cultural no rompe con el marxismo clásico; lo expande: de la lucha de clases a la de sexos, y a la de cohortes etarias, y de razas, y de especies, hasta de la humanidad contra el planeta.

Es la dialéctica hegeliana del choque y enfrentamiento constante, pero como instrumento de subversión, como un fin, y con un propósito: crear caos, desorden y perturbación, inestabilidad permanente, con el propósito y la finalidad de alcanzar todo el poder que sea posible, conservarlo y acrecentarlo. No hay “nueva izquierda”, como creen algunos despistados; es la misma de siempre, ampliada y “recargada”.

Para nosotros en cambio, los medios son estos tres: (i) La política, que no es “el arte de lo posible” como se repite tan a menudo, sino el arte de hacer posible lo que es justo, necesario y conveniente en materia de Gobierno, por medios pacíficos, para traernos orden, justicia y libertad, los valores de la derecha.

(ii) Los partidos, que en el mercado político son como las empresas en los mercados de bienes y servicios. Nuestra oferta es en esencia un liberalismo clásico también operacionalizado: los gobiernos limitados, los mercados libres, y la propiedad privada. Para traernos los beneficios de la seguridad, la tranquilidad y la prosperidad, mediante la “devolución” de funciones, libertades y recursos a la gente.

(iii) Y la democracia, representativa, que implica constantes negociaciones, encaminadas al logro de acuerdos o consensos básicos cuando es posible, o de votaciones, en lo demás. Y con la natural alternancia por turnos, aprendemos a experimentar y juzgar los resultados de unas y otras políticas públicas.
No es imposible; es viable. Es más: es lo único viable. Por eso somos optimistas.

¿Se requiere un “cambio cultural”? Por supuesto; pero los “tanques de pensamiento” desconocen la experiencia de muchas naciones, que nos enseñan lo siguiente: los partidos políticos, en una democracia, son los mejores y principales agentes de cambio cultural. ¿Por qué? Porque tienen la capacidad de “traducir” sus principios y valores en las palabras de un programa concreto de políticas públicas conducentes a realizarlos y lograrlos, canalizando las demandas del público.
Pero nuestro optimismo es realista: no desconocemos las enormes dificultades y obstáculos para conseguir apoyos, recursos, influencias y éxitos. Y las principales son todas las barreras cognitivas y emocionales contra el fusionismo y su programa, las vías de escape, el comienzo de la transición.

Los “tanques de pensamiento” se concentran en la economía: desde hace años nos explican brillantemente qué es y cómo funciona; el papel crucial de las empresas; y los beneficios de los mercados libres. Pero al parecer, no han generado cambios políticos. Nosotros nos ocupamos también de la política: explicamos qué es y cómo funciona; el papel crucial de los partidos y sus ramas colaterales; y los beneficios y ventajas de una democracia sana. O al menos eso intentamos. Esperamos tener éxito; ¡con tu apoyo!

Muchas gracias.


San Juan del Río, marzo de 2020