Para entender este fenómeno debemos ser claros: el Estado es el único creador de los monopolios. Debemos tener claro que sin la intervención del Gobierno el monopolio sólo sería posible con la decisión del consumidor final. El monopolio del mercado es un premio que los consumidores otorgan a una empresa por ofrecer en el mercado un producto que satisface la o las necesidades de los consumidores con un precio y calidad superior a cualquier otro y que los consumidores consideran que no tiene comparación en el mercado actual. Eso sí, este monopolio tiene fecha de caducidad, cuando otra empresa mejore ese producto o servicio o exista un bien substituto o que reemplace ese producto que fue tan maravilloso. En este monopolio se benefician tanto los oferentes como los demandantes.

Los monopolios otorgados por el Gobierno se pueden dar de distintas formas. Se puede privilegiar a una minoría del sector privado con incentivos fiscales, por medio de alianzas público-privadas, se puede proteger a un productor nacional con aranceles de importación o se puede vender una “empresa estatal” bajo distintas figuras corruptibles, como puede ser una licitación (probablemente previamente arreglada bajo la mesa) o con bases poco claras como usualmente sucede con las medicinas y otros insumos que el Gobierno compra para sus programas de “desarrollo social”. Esto puede ser amparado bajo una ley y no necesariamente llamarse corrupción per sé, pero definitivamente sería una legislación inmoral. Estos monopolios no tienen competencia y los gobernantes no tienen ningún interés en que se acaben, porque sin duda alguna les dan beneficios que de otra forma no lograrían nunca. En estos monopolios sólo se pueden beneficiar minorías de empresarios,  corruptos y no corruptos.

El otro tipo de monopolio es el de la “empresa estatal”, como actualmente es el IGSS, la educación (parcialmente) y la red de hospitales públicos, entre muchos otros. Por ley, por decreto, por cualquier otro medio queda establecido que el único oferente será el Gobierno. Sólo el Gobierno puede atender la seguridad social de los ciudadanos guatemaltecos, por ejemplo. ¿Por qué no permitir que los trabajadores y patronos escojan la red de hospitales o la empresa aseguradora que mejor les convenga o que mejor servicio les brinde? Y ¿por qué no dejar que la tasa o el costo sea pactado entre las partes y dejar a un lado el % del salario establecido por ley? El costo del IGSS para cada empleado es aproximadamente un salario anualmente. Un salario es lo que están dejando de percibir en sus bolsillos para obtener un servicio de muy mala calidad. Lo mismo sucede con la educación, el MINEDUC es dueño de una gran parte del mercado de la educación porque el costo lo pagan los contribuyentes, que muchas veces no se benefician de ello. En este monopolio, sólo se benefician los gobernantes. Debemos entender que a más oferta el precio se reduce.

La solución a este problema es el libre comercio. Como explica Frederic Bastiat, significaría "una abundancia de bienes y servicios a más bajos precios; más trabajos para más gente a mayores salarios reales; mayores ganancias para los manufactureros; un más alto nivel de vida para los agricultores; más ingreso para el Estado en la forma de impuestos a los niveles acostumbrados o inferiores; el más productivo uso del capital, del trabajo y de los recursos naturales; el fin de la lucha de clases. Finalmente, se terminaría esta lucha que está basada primariamente en injusticias económicas como tarifas, monopolios y otras distorsiones legales del mercado."

A continuación, un link conteniendo un interesante artículo del Instituto Mises sobre el monopolio:

https://mises.org/es/wire/la-competencia-el-monopolio-y-el-papel-del-gobierno

El gran problema del monopolio al que tiene que enfrentarse hoy la humanidad no es el resultado del funcionamiento de la economía de mercado. Es el producto de una acción intencionada por parte de los gobiernos. No es uno de los males propios del capitalismo, como proclaman los demagogos. Por el contrario, es el fruto de políticas hostiles al capitalismo y que pretenden sabotear y destruir su funcionamiento. —Ludwig Von Mises, La acción humana.