La aldea Semuy 2, en el Estor, Izabal se ha convertido en noticia a nivel global por el asesinato de 3 miembros del Ejército de Guatemala. Los detalles del mismo, rayan en la ficción y encajan dentro de las películas que todos hemos visto en el cine, con toma de rehenes por parte de delincuentes terroristas, que terminan con el desenlace que todos ya conocemos. Por supuesto deducimos por alguna parte de los hechos que dicha acción estuvo llena de crueldad, miedo y muerte, con todos los ingredientes de un pasado que todos quisiéramos olvidar. Hechos y muertes que pudieron haberse evitado pero que hoy por hoy son una realidad que no podemos evadir. 


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Los miembros del Ejército siempre han sido respetados por la opinión pública de la mayoría de guatemaltecos. Hombres gallardos, preparados y fieles a su mística de servicio, valor y disciplina. Desarmar una patrulla requiere un gran poder de persuasión y fuerza, principalmente porque a los soldados siempre se les inculca que sus armas son sagradas y nunca deben ser depuestas por ninguna razón. Obviamente y por las nuevas directrices del Ejército, esto solo se debió a que personas inocentes estaban en grave peligro mortal, razón por la cual depusieron sus armas ante la amenaza que hicieron los terroristas de asesinar a los civiles, no encuentro otra razón. 


Pero solo estamos viendo los hechos como síntomas de males mucho mayores, los cuales tratamos de justificar a falta del conocimiento de los verdaderos derechos inalienables de todos los seres humanos: respeto a la vida, la libertad y la propiedad. 


Principalmente la ausencia de autoridad y respeto por la misma de parte de los terroristas, respaldados por pseudoderechos impuestos por la corrección política de un inexistente derecho de autodeterminación de los pueblos, el cual hace que la ley no alcance a estos territorios hoy en la cuerda floja del Estado de Sitio, que solamente debe ser impuesto en situaciones sumamente extraordinarias. No debe existir tal cosa en una sociedad de mercados libres, donde los derechos individuales son innegociables.


Y es aquí donde debemos hacer el análisis político real de las principales causas. Una de ellas es la ausencia de mercados libres, en donde las personas no recurren a la violencia para dirimir sus diferencia. Si el departamento de Izabal tuviese su propio gobierno departamental y municipal, seguramente las inversiones y prosperidad llegarían de la mano de acciones encaminadas a que sus habitantes fueran propietarios del subsuelo, y protegidos por buenas leyes que harían que el municipio, en vez de depender de pocas actividades económicas tuviese un gran abanico de oportunidades para satisfacer las necesidades básicas de sus habitantes, que es lo mismo decir que sus habitantes no serían tan pobres como para caer en la tentación de recurrir a actividades reñidas con la ley para poder alcanzar la prosperidad. Obras de infraestructura como puertos de primer mundo, aeropuertos privados y vías de comunicación eficientes harían que la vida de los izabalenses estuviese blindad contra ampones y maleantes, y atraería la inversión y a otros guatemaltecos al departamento, y por supuesto detendría la inmigración a otros países. Es más, ni siquiera existiría la escuela Semuy 2, donde los militares fueron asesinados. Sería un decoroso colegio que impartiría educación privada a los niños de su comunidad, y no la escena de un crimen.


Los escudos humanos, civiles inocentes que fueron usados como parte de esta tragedia, si el departamento de Izabal fuera próspero, esos niños y mujeres hubiesen estado haciendo cualquier otro tipo de actividad en vez de estar en ese camino; posiblemente en una clase de biología marina en los manglares, en una excursión por alguno de los puertos aprendiendo acerca de los diferentes navíos de varias partes del mundo, que confiarían en sus puertos para la distribución de todo tipo de mercancías sin ningún tipo de arancel y en franca armonía con los principios de un mercado libre. 


Hasta los hoy terroristas tendrían oportunidades distintas a la persecución penal que a partir de ahora son presa. Estarían tal vez en barcos propios navegando a Belice, Honduras, Las Antillas, transportando turistas nacionales y extranjeros y despreocupándose del pago de deudas o compra de enseres para sus seres queridos, o quizás trabajando con maquinaria con tecnología de punta, no solo en empresas locales sino en las propias y con preocupaciones tales como la apertura de mercados en otros países. 


Las víctimas, los valientes soldados que ofrendaron sus vidas por proteger la de sus conciudadanos,estarían en ejercicios militares o compartiendo con fuerzas castrenses de otros países sus conocimientos y pericias, enfocadas en la salvaguarda de las fronteras y protección del territorio de enemigos foráneos y locales, o compartiendo tiempo en familia en otros departamentos de Guatemala, igualmente prósperos.  


Y nosotros, las víctimas colaterales de esta tragedia estaríamos entregados a nuestros quehaceres diarios, tiempo de ocio, disfrutando en nuestras iglesias, clubes o asociaciones deportivas o de esparcimiento, sin tener que preocuparnos de que una parte del país contamine con estas malas acciones al resto del territorio, y que con el tiempo también pasemos a ser víctimas de la violencia directamente o como escudos humanos. 


Evitar estas tragedias no pasa por Estados de Sitio, patrullajes intermitentes de fuerzas combinadas, ni por la transgresión de la ley o el litigio entre autoridades, ciudadanos y cuanta institución quiera tomar parte en el problema sin encontrar soluciones pacíficas. Eso es más de lo mismo y jamás logrará que el problema se solucione. 


La solución, nuevamente, es la vía política, la cual colocará al gobierno en sus funciones principales de seguridad, justicia y la construcción de obras de infraestructura, y pasa por un sistema económico que permita a los ciudadanos vivir con verdadera paz y armonía, a sabiendas de que quienes traten de violentar los derechos de los demás serán reducidos al orden por una justicia verdadera, auxiliada por fuerzas de seguridad que apliquen la ley sin privilegios y de manera pronta. 


La solución no son las armas, no es el diálogo, no es el estado de sitio ni la militarización y miedo de la población. Es mucho más sencilla pero con un camino largo que juntos debemos recorrer. 


Al momento de escribir este artículo tengo en casa a a mi hijo Angel, a sus compañeros de primaria Victor y Henry, los tres entre los 12 y 13 años, jugando, riendo, bailando y disfrutando de esa etapa previa a la adolescencia, y veo los peligros a los que en unos años, al estar en el lugar y momento equivocado, pueden estar expuestos y perder incluso lo más valioso que tienen. Dentro de unos años podrían ser víctimas, victimarios, escudos humanos o en el mejor de los casos, continuar siendo un daño colateral que hoy nosotros estamos pasando. Y no es porque tomen el camino del servicio militar, no; puede ser en las calles de cualquier ciudad de Guatemala, en un bus, dentro de un vehículo por robarles un celular, o en sus propias casas, víctimas de la delincuencia común, de la cual estamos rodeados y a merced a diario. 

No quiero eso para ellos. Para ellos quiero paz. 

Mi más sincera condolencia a las familias de Carlos Esteven Mayén Cabrera, Isaías Beleu Caal y César Augusto Leonel Ceb Tun, quienes murieron heroicamente defendiendo hasta su último aliento la vida de ciudadanos de la República de Guatemala. 


¿Y usted, cuándo va a actuar?


La imagen fue tomada de la edición de Prensa Libre, 5 de 2019.